En fin que como dejo bien clarito, me voy a meter en camisas de once varas y a ejercer levemente de lo que no soy ni quiero ser, crítico literario. Ciertamente me sorprende mucho el éxito de ciertas novelas y novelitas que nos meten en mundos oscuros y metafísicos, cuando se nota a la legua que son churros que se van largando como cañonazos al eco de cuanto mas obtuso y rebuscado mejor.
Lo del Codigo da Vinci tenia su delito, tómese el rábano por las hojas y salpiméntese con ardor y saltos. El ínclito Javier Sierra me produce escalofrios y he de confesar mi repelús y total ignorancia sobre su obra (loado sea Dios, creo). Pero de vez en cuando uno pica y se traga uno de estos escritores inadvertidamente, y se sufre, se sufre mucho.
Andaba yo con ganas de alguna novelita y me gustó lo del Camino de Santiago, a fin de cuentas lo he peregrinado y es una experiencia que recuerdo con mucho cariño, y eso que a mi lado iba la peor mula que hayan conocido las eras cósmicas. Bueno, con acemila en forma de mujer incluida, aquello fue algo mágico, la gente, los paisajes, los monumentos, la forma de desconectar del mundo, las aventuras y susedidos me dejaron marcado. Y con ese recuerdo me acerqué a la librería y pagué por este librito cuya portada se ve arriba. El peregrino de Compostela, de Paulo Coelho.
Arranca el autor desde las miserias de un cenutrio que pertenece a la Ordel del Ram, que curiosamente en inglés es como se llama a los ovejos o carneros. Tiene un problema con su espadón cósmico y para solventarlo se va a hacer el camino de Santiago con un señor que se llama Petrus, su guía espiritual o algo así.
La novelita o relato, se trufa con descripciones que a mi me hacen dudar de la buena memoria de el autor, a veces por Roncesvalles parece que estuviera rondando el Sahara, en otras por León uno cree que aquello es la aventura del loco Aguirre en el Amazonas, y las gentes, caminos, pueblos y andanzas se me hacen tan extrañas que no se si habla de la ruta hacia Santiago de Compostela o del Transiberiano. Para mis recuerdos y mi conocimiento las ambientaciones y descripciones son espantosas y fuera de lugar.
Luego ya viene el viaje y sus andanzas, trufada de ejercicios karmicos absolutamente absurdos y que copan un buen cacho del novelucho, como que ponga la rodilla izquierda en su oreja, concentre su pensamiento en un gorila del Zaire mugiendo y dese una voltereta asazmente dirigida hacia atrás, con eso su alma brillará en el infinito. Yo me imagino a cientos de lectores conspicuos con una distensión muscular de tres pares de cojones o pegando alaridos de madrugada en la práctica de los ejercicios espirituales propuestos.
Demonios, espadones, rollos obtusos sobre el ser, el espíritu y un viaje iniciático que te dejan frío, o peor, la mar de cabreado. ¿Quién cojones me mandaría comprar esto? ¿Y qué coño hago leyéndolo? Tal fue el pasmo, que contra mi costumbre charlo de literatura un día con un viejo amigo, el me resuelve el dilema, tranquilo, es espantoso me dice, y además hay algo muy curioso remata, cada vez que hablo con alguien medio lerdo de literatura me acaban recomendando alguna novela de Paulo Coelho. Está claro que yo no voy a ser quien os lo recomiende.